25 mai 2009

Emerita en washington

La conocí hace tres años, cuando pasé aquí en Washington otro semestre, como ahora. Nos la recomendaron unos vecinos a los que Emerita venía a limpiarles la casa dos veces por semana. La contratamos y nos prestó un magnífico servicio, porque en las dos horas que pasaba entre nosotros con sus lustradoras y barredoras eléctricas y plumeros, dejaba la casa tan pulcra como una carnicería suiza. Nos cobraba entonces 60 dólares por aquellas dos horas.

Ahora, hemos tenido la suerte de volverla a contratar, nos cobra 90 dólares, cada vez. En verdad nos hace una rebaja, porque todos nuestros vecinos le pagan por este servicio (que hacen, en la inmensa mayoría de los casos, inmigrantes hispanics) 100 dólares. Emerita es una centroamericana que lleva ya 10 años en Estados Unidos y se desempeña bastante bien con el inglés. Tiene una camioneta Buick último modelo y una parafernalia ultramoderna para barrer, lustrar, limpiar, baldear y sacudir. Los sábados -trabaja seis días por semana y el domingo descansa- la ayuda su marido que, el resto de la semana, trabaja como jardinero. No sé cuánto gana él, pero Emerita limpia cada día un promedio de cuatro casas, y a veces cinco, lo que significa que tiene un ingreso mensual que no baja de los 8.000 dólares. Por eso ella y su marido han podido ya comprarse una casa aquí en Washington y otra en su país de origen.

Antes de venir a Estados Unidos, la pareja sobrevivía a duras penas, viviendo en condiciones de mera subsistencia. Pero, lo peor, dice Emerita, no era eso "sino que no había ninguna esperanza de mejorar en el futuro. Ésa es la gran diferencia con Estados Unidos". Sí, en efecto, ésa es la enorme, la sideral diferencia, y ésa es la razón por la que miles, decenas de miles, millones de latinoamericanos, que conocen muy bien la historia de Emerita y su marido, les siguen los pasos, y escapan de esos países-trampa, donde no hay esperanza, y se meten a éste, cruzando ríos, escalando montañas, escondidos en furgones o pagando a las incontables y eficientísimas mafias que les falsifican pasaportes, visas, permisos y todo lo que haga falta para que puedan entrar aquí, donde -lo saben y por eso vienen- los están esperando con los brazos abiertos. La prueba es que todos consiguen trabajo casi de inmediato.

Los trabajos que no quieren hacer los estadounidenses, desde luego. Limpiar casas, cuidar enfermos, hacer de serenos, abrasarse a pleno sol como cosechadores, y, en las fábricas y comercios, las tareas más elementales y precarias. Nadie sino ellos están dispuestos a hacer esas cosas duras y, para los niveles de vida de este país, mal pagadas. Para ellos no lo son, para ellos esos malos salarios son fortunas. Y, por eso, los mismos nacionales que se jalan los pelos hablando de los peligros de la inmigración, los contratan sin el menor reparo, porque gracias a las Emeritas, tienen sus casas brillando, y sus fábricas funcionando, y miles de instituciones y servicios en plena actividad.

Mario Vargas Llosa, "un muro de mentiras"  el pais, 22.10.2006

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